Carta pedagógica: Ansiedad y angustia en la infancia

Acompañamiento del libro: Ramón preocupon 

Angustia y ansiedad son dos términos que suelen emplearse como sinónimos, aunque existen diferencias claras entre una y otra, por eso hoy hablaremos acerca de ambos diagnósticos. La angustia se entiende como un miedo a algo que está por venir, un evento a futuro que paraliza a la persona, aunque sea imaginario. En cambio, la ansiedad es un miedo a alguna situación actual, aunque no se sepa exactamente a qué, y genera una sensación de aceleración o exaltación.
Los trastornos de angustia o ansiedad a menudo inician durante la infancia, tratándose muchas veces de afecciones crónicas, progresivas y persistentes. Su diagnóstico y tratamiento oportuno pueden reducir en gran medida el impacto en la vida de un niño y durante su transición hacia la adolescencia, previniendo su persistencia durante la adultez. 
Ambas sensaciones se asemejan por la sensación de miedo y preocupación que generan. Los miedos y preocupaciones son normales a lo largo de nuestra vida, siendo un poco más frecuentes durante la infancia. Ambas sensaciones tienen un carácter evolutivo, nos preparan para afrontar situaciones de peligro, así como a situaciones de cambio. Estos miedos y preocupaciones cambian con la edad, como el miedo a estar solos, a ruidos fuertes, a separarse de mamá o papá, a la oscuridad, a gente extraña, etc. Es entonces cuando la angustia y la ansiedad aparecen, ante una situación real o imaginaria. 

   Diferencias entre angustia y ansiedad 

Como comentamos al inicio, cada término es distinto al otro. Por su parte, la angustia implica un estado de malestar que no tiene un umbral de aceptación, sino que se trata de una expectativa negativa en cuanto a eventos imaginarios, no solamente de una idea hipotética, sino que prevalece la certeza de que algo saldrá mal sin la posibilidad de actuar para cambiarlo. 
Los síntomas de la angustia son: un sentimiento de opresión constante, un estado depresivo derivado de la preocupación, alteración del sueño y malestares psicosomáticos, (trastornos físicos derivados de un malestar psicológico) como dolor de cabeza, náuseas, diarrea o dolor de estómago.
En cambio, la ansiedad es una reacción fisiológica de nuestro organismo que se presenta con aceleración cardiaca, dificultad para respirar, dolores de cabeza y sudoración, con una sensación de miedo general que permanece. Por sí misma no es una reacción patológica, aunque si supera un cierto umbral puede llegar a causar un ataque de pánico, lo cual puede considerarse como un antecedente claro del trastorno de ansiedad.

Diagnóstico y tratamiento  

Los padres debemos permanecer atentos a los comportamientos de nuestros pequeños, ya que, con la destreza suficiente en la identificación de los síntomas relacionados con estos desórdenes de conducta, podremos canalizar correctamente a un niño con un especialista. Si se detecta tempranamente y se otorgan las pautas necesarias, tanto al peque como a su familia para iniciar un tratamiento, podremos evitar que se convierta en un diagnóstico crónico.
Tanto la ansiedad como la angustia pueden desencadenarse por factores internos o externos (recuerdos, imágenes, ideas). Suelen manifestarse con síntomas físicos como taquicardia, inquietud, problemas gástricos o sudoración, síntomas cognitivos como miedo o preocupación, y problemas conductuales, como cambios de actitud hacia una más introvertida o explosiva.
Identificar y diagnosticar un trastorno de ansiedad o angustia en la infancia puede ser una tarea compleja, esto debido a que los síntomas se manifiestan como quejas somáticas (malestares del cuerpo producidos por emociones contenidas) que suelen tratarse como patologías orgánicas, y, por otro lado, la identificación de las preocupaciones en los niños depende de su capacidad de expresión y nivel de entendimiento, lo cual puede complicar y retrasar su evaluación.
Los tratamientos para la ansiedad y la angustia son totalmente distintos, y deben de serlo para obtener resultados verdaderamente efectivos, pues requieren de un enfoque terapéutico con el objetivo de disminuir la sintomatología, evitar las complicaciones a largo plazo, prevenir la aparición de consecuencias físicas y el desarrollo de trastornos en la edad adulta para generar un mejor estado de ánimo que ayude a desarrollar una vida normal. Los tratamientos más eficaces son derivados de la psicoterapia (cognitiva-conductual), a veces con el acompañamiento de fármacos recetados y monitoreados por un especialista. 
Un médico deberá diseñar un plan de tratamiento que tome en cuenta lo siguiente:
  • El nivel de gravedad del padecimiento.
  • El diagnóstico específico del tipo de trastorno.
  • Tiempo de evolución de los síntomas.
  • Situaciones en las que se presentan.
  • Edad y grado de desarrollo del niño. Cuanto más pequeño sea el niño, más se centrará la intervención en un tratamiento para sus padres. 
Un buen manejo conductual puede frenar o retrasar la evolución de los síntomas, ralentizar su evolución e incluso revertir el trastorno. El objetivo de estas intervenciones es entrenar al niño para adquirir habilidades de afrontamiento de problemas, mejorar su autoconfianza, reestructurar sus cogniciones erróneas y modificar sus conductas con nuevos comportamientos (técnicas de relajación y respiración, entrenamiento de habilidades sociales, ejercicios de rol y la exposición gradual a situaciones que detonan los episodios de angustia o ansiedad). 
La terapia farmacológica de estos diagnósticos debe ser estrictamente supervisada por un especialista, puesto que son medicamentos controlados y sus dosificaciones deben ser bien proporcionadas. Comprender y diferenciar entre los trastornos de angustia y ansiedad en la niñez es fundamental para abordar las posibles señales de alteraciones en el desarrollo de nuestros hijos. Actuar con prontitud, brindar apoyo emocional y facilitar la asistencia terapéutica no solo aliviará su malestar actual, sino que también les proporcionará herramientas para afrontar y superar estos desafíos en su desarrollo.

 Terapias alternativas 

Existen objetos especiales llamados objetos de apoyo o de apego, ya que representan a una figura de apego como mamá o papá, una mascota o simplemente un juguete o peluche favorito. Frecuentemente el niño elige dicho objeto, también denominado brazada (por la inclinación del niño a abrazarlo o llenarlo de cariños), para acompañarlo durante el día y para dormir a su lado.
Tradicionalmente existen también los muñecos quitapesares, que sirven para acompañar a los niños durante la noche (como una especie de atrapasueños), sirviendo también como herramienta terapéutica para remediar angustias, preocupaciones, ansiedades y tristezas. 
Queda en manos de nosotros como padres la tarea de cultivar una comunicación abierta para estar presentes, brindar un acompañamiento y amor incondicional que fortalezca a nuestros pequeños frente a las dificultades emocionales que puedan presentarse en su camino. Con el compromiso de un enfoque profesional, podemos crear puentes de comunicación para una óptima salud mental infantil, construyendo entornos seguros y propicios para el bienestar integral de nuestros hijos.

 

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