Buenas conductas de los niños que debemos reforzar

 
Si aprendemos a recompensar a los niños y sabemos cómo y cuándo premiar una conducta, seguro habremos encontrado la manera de inculcarles buenos hábitos y costumbres para desenvolverse en su día a día. No obstante, muchas veces confundimos la idea de cómo recompensar a los niños, dejando de lado lo verdaderamente importante: dedicarles tiempo y cariño.
Reforzar un comportamiento en un niño implica recompensar o darle algo valioso después de que realice una buena acción. Cada vez que el niño se siente recompensado o reconocido, su cerebro segrega dopamina, que lo hace sentir más motivado. La dopamina ayuda a que el niño asocie la conducta realizada con una sensación de satisfacción.
Las recompensas pueden ser materiales o reconocimientos de carácter emocional, pues bien podemos reforzar esa conducta con un juguete, un postre o comida, así como también puede hacerse con un abrazo, un cariño, o una felicitación o reconocimiento público. Los refuerzos materiales pueden ser menos gratificantes y menos efectivos que los socioemocionales, pues cuando obtienen un juego o juguete pueden emocionarse momentáneamente para olvidarlo posteriormente, en cambio, un refuerzo emocional deja huella en su desarrollo emocional.
Por ello, es probable que tu peque valore más una lectura antes de dormir, una salida al cine o al parque, una batalla de almohadas o un rato de juegos juntos, en lugar de un juguete, que, si bien agradecerá momentáneamente, pasará a quedar un rato en una repisa o entre sus demás pertenencias. Así es como podemos encontrar diversas maneras de fomentar las buenas conductas, dependiendo de los gustos y el carácter nuestros peques, agradeciéndoles, adulándolos, felicitándolos y dándoles un gusto, pasando un rato de diversión a su lado, tomando el té con sus juguetes, leyendo un cuento, o cuál sea la actividad que disfruten más.
 
Es importante reconocer que las recompensas deben darse después de que el pequeño haya hecho algo valioso, como ordenar sus juguetes, recoger su ropa, terminar sus tareas, etcétera, en lugar de hacerlo antes, ya que de esta manera recibe una recompensa únicamente por la promesa de que hará algo. De esta forma ambos demuestran su compromiso cumpliendo con acuerdos en común. 
Debemos reforzar una actitud cuando será necesario, ya que al sobre estimular a los niños tienden a dejar de valorar las palabras o acciones de aliento, por eso es bueno hacerlo siempre que han actuado correctamente o han logrado algo significativo. Cuanto más cercana es la recompensa de la conducta, más efectiva será. Cuando no podamos reforzar esa actitud inmediatamente, podemos dar algunas palabras de aliento, para después compensarles significativamente en cuanto nuestro peque muestre señales de que avanza en el control de sus comportamientos o muestra la intención de cambiar y mejorar. 
El refuerzo positivo de una conducta por medio de una motivación material (un juguete, un helado, etc.) se conoce como motivación extrínseca. En cambio, un refuerzo positivo emocional es intangible, pudiendo representarse en palabra de aliento, abrazos, tiempo compartido, etc. A este tipo de motivación se le conoce como motivación intrínseca. No significa que una sea negativa y la otra positiva, sino que la segunda es más sólida y funciona a largo plazo. Los dos tipos de motivación son válidos, su función y eficacia dependerá del momento, de cuándo y para qué se utilicen. 
¿En qué situaciones podemos usar el refuerzo positivo para los peques? Dependiendo de su edad, y para asegurarles un correcto desarrollo cognitivo y social, debemos delegarles ciertas responsabilidades, tanto con su propia persona (aseo personal, buena alimentación, buenos hábitos), como con su entorno familiar (ayudar en los quehaceres del hogar, alimentar y asear a las mascotas, apoyando a mamá y papá con tareas). Veamos algunas situaciones que pueden producirse cotidianamente y merecen un incentivo.
  • Cuanto tu hijo o hija ordene su habitación sin que tengas que pedírselo.
  • Cuando tu hijo pequeño duerma solo en su cama sin tener que acompañarlo.
  • Cuando un hermano apoye al otro en sus tareas, responsabilidades o arregle alguna diferencia sin discutir.
  • Al obtener un logro escolar.
  • Cuando dedica tiempo a entender algún tema escolar que se le complica.
  • Al adoptar una rutina para hacer sus deberes de la escuela y de casa.
  • En cuanto muestra avances en su desarrollo personal, como lavarse los dientes sin tener que recordárselo, darse un baño sin mandárselo, cuando aprende a vestirse sin ayuda, si es que hace sus deberes escolares sin necesidad de que alguno de sus padres se lo pida, etc.
 
 
Mencionamos solo algunas situaciones cotidianas, pero podríamos incluir muchas más, pues prácticamente cualquier conducta que queramos que se repita y se consolide puede ser reforzada positivamente. Estas conductas dependen de la edad y el nivel del desafío que propongamos, pero sin duda un refuerzo positivo siempre funcionará, la estrategia consiste en ser perseverantes.
Además de la conducta final, tenemos que tomar en cuenta el proceso para llegar a ella, lo cual implica también un refuerzo a través del cual la conducta deseada se arraiga poco a poco. El refuerzo positivo del proceso es más importante que el refuerzo final cuando se ha conseguido, así que no desesperes cuando algo les está costando, recuerda que la constancia es la clave.
Por ejemplo, tal vez no consigamos de un momento a otro que un pequeñito de 4 años recoja sus juguetes después de una tarde de juegos. Sin embargo, después de pedírselo repetidamente, con respeto y el lenguaje adecuado para su edad y nivel de entendimiento podrá hacerlo. Durante un tiempo tendremos que modelar la conducta que buscamos conseguir, reforzando cada pequeño aspecto o cada “micro conducta” con la que el pequeñito construirá su conducta final: recoger sus juguetes después de ocuparlos y colocarlos en su lugar designado.
Algo que tenemos que agregar es que, si bien es importante que las conversaciones y las órdenes que dan los padres sean consistentes, la manera en que ellos responden a los comportamientos de su hijo o hija (independientemente si son los deseados o no) influirá mucho en el resultado final. Como padres, servimos de ejemplo, así que no podemos decir una cosa y hacer todo lo contrario, como perder la cordura cuando nos molestamos, ya que inconscientemente los pequeñitos asocian nuestras actitudes con la conducta que deben adoptar en su día a día.
 
 
Debemos organizar nuestra rutina diaria, (y por supuesto la de nuestros peques), de tal forma que tengamos espacio para reforzar aquellas conductas positivas. Muchas veces la diferencia entre fortalecer las conductas que deseamos que ocurran en vez de aquellas que queremos evitar, está en alterar la secuencia de las acciones y sus consecuencias.
No siempre es posible tener bajo observación a los niños, ya que son inquietos y muchas de nuestras actividades requieren de concentración. Sin embargo, si dejamos a un niño jugando tranquilamente y por un minuto hace una travesura, como brincar en la cama o jugar con una pelota dentro de la casa, debemos considerar que antes de eso no estaba haciendo nada incorrecto. En esos casos podemos mantener un contacto indirecto. Si estamos en la cocina o en una llamada telefónica, llamarle para que vaya a vernos e intercambiar algunas palabras puede ser suficiente para evitar que ocurran pequeños accidentes o descuidos.
Una buena conducta ayuda a que los niños sepan cómo comportarse en cada momento, ya sea en una fiesta o reunión familiar, en el supermercado, en la escuela, en el parque o cualquiera que sea el lugar, la situación o el contexto en que se encuentren. Cuando conseguimos que desarrollen ese nivel de autocontrol, casi de manera automática los niños saben cómo comportarse. 
El refuerzo positivo de las conductas deseables en los niños representa un viaje emocional y de aprendizaje continuo, tanto para los padres como para los pequeños. Reconocer y recompensar sus esfuerzos, no solo en el logro final, sino también en el proceso, fortalece no solo su autoestima sino también su desarrollo integral. Al combinar un refuerzo emocional con el material, adaptándonos a sus necesidades individuales y mostrando coherencia con nuestras acciones diarias, estaremos forjando los cimientos para su crecimiento personal.
Más allá de buscar resultados inmediatos, cultivamos la motivación que perdurará en el tiempo, promoviendo la formación de futuros adultos responsables y seguros de sí mismos. La clave radica en la paciencia, el amor y la constancia para guiar a nuestros peques por un camino trazado con valores y conductas positivas que le permitirán desenvolverse de manera adecuada en la sociedad.
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